Como reseña Marta Portal, Azuela decía que Los de abajo fue 'un libro que se hizo solo; únicamente su imaginación lo ayudó a ordenar los hechos, a recrear los personajes principales'. El autor nos presenta la obra en una serie de cuadros que, a modo de estampas fotográficas, nos muestran las vicisitudes de las gentes que protagonizaron la Revolución.
Es importante comentar que casi todos los pasajes que componen esta magnífica narración épica, no fueron vividos por el autor, por el contrario, nos encontramos ante anécdotas que le refirieron sus correligionarios. Azuela se aleja de los grandes acontecimientos centrándose en el compromiso que el pueblo tiene para con la Revolución y mostrando cómo fue su participación en el conflicto. Así, el narrador presenta las escenas pero la desilusión que los acontecimientos van produciendo en el ánimo popular es narrado por los personajes. Como señala Menton, esta narrativa ha abandonado ya el asombro por la magnífica naturaleza americana para centrarse ahora en las relaciones entre los hombres y las consecuencias que de ellas se derivan.
Demetrio Macías es un hombre que lo deja todo por sumarse a la Revolución. Este caudillo revolucionario mostrará enorme valor y confianza plena en los ideales revolucionarios. Su gente, sus hombres le apoyan y estiman, pero Azuela conformó a un Demetrio Macías humano alejado del arquetípico héroe de las narraciones épicas. La crueldad que en ocasiones demuestran tanto él como sus hombres hace que contemplemos a una persona humana, que como cualquiera, se equivoca. La obra adquiere profundidad y verosimilitud cuando entra en escena Luis Cervantes, un desertor que persigue obtener el máximo partido de cada situación, tal es así, que no dudará en abandonar al grupo revolucionario cuando las circunstancias le sean propicias. La obra está planteada desde el determinismo para que el lector participe de la derrota. Así, cuando Alberto Solís -quizá el personaje más idealista de la novela y más ferviente seguidor de la Revolución- muere en la batalla de Zacatecas, sentimos el desánimo, el abatimiento que produce la causa perdida, el vacío que deja la ilusión cuando su llama se extingue.
El ritmo de la obra es muy rápido y el lenguaje -que supone un verdadero ejercicio lingüístico- intenta reflejar el registro léxico-fonemático de los grupos sociales que encontramos en la novela. Azuela ha optado por emplear un lenguaje directo y conciso con el objetivo de que el desencanto que supuso finalmente la Revolución anide en el lector y tome conciencia de lo que Octavio Paz denominó 'una explosión de la realidad'. Debemos hacernos eco -llegados a este punto- de las opiniones vertidas por Bellini a propósito de la novela puesto que la obra transciende la realidad y 'se abre paso en sus páginas una amarga protesta contra la propia revolución que acaba por ser desilusión profunda del pueblo, el cual se ha dejado llevar a ella como impulsado por un fatalismo trágico'. Nadie podría haberlo dicho mejor.
Las oportunidades que la Revolución mexicana llevaba fueron desaprovechadas y Azuela intenta reflejarlo en su obra. Como muy bien señala Sáinz de Medrano, 'la novela de la revolución ha venido a convertirse en receptáculo [...] de las inquietudes esenciales del hombre mexicano'. Lástima que todo haya quedado en tan poco.
Miguel Ángel García Guerra para Portal Solidario
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