A partir de una noticia de periódico en la que se contaba cómo un perro castraba a un adolescente de un mordisco, Mario Vargas Llosa construye un cuadro que muestra la realidad de la pacata y falsa sociedad peruana, aunque muy bien podría ser la de cualquier otro sitio.
Una de las primeras cosas que nos llaman la atención al comenzar esta lectura de la novelita es que está redactada en estilo indirecto libre; estilo que se puso muy de moda entre los literatos hispanoamericanos primero y los españoles después. A través de este modelo estilístico la narración fluye rápidamente al tiempo que permite al lector apreciar su intenso sabor, el sabor de la buena literatura. Además, el estilo indirecto libre permite realizar una fuerte condensación temporal; así, en apenas cien páginas transcurren unos veinticinco años en la vida de un grupo de jóvenes y es importante reseñar que el lenguaje que emplean los personajes evoluciona a medida que lo hacen ellos, pudiendo el lector formarse una idea precisa de lo que quiere Vargas Llosa que pensemos estos personajes. Durante ese lapso temporal que comprende la obra, el autor nos enseña cómo van creciendo los protagonistas mientras ganan en autonomía y ensanchan sus miras, aunque con matices. Esta es una novela de protagonista colectivo en la que destaca por encima de todos Cuéllar. Cuéllar es la persona que sufre la horrorosa castración a manos de un perro de presa, tal y como refería más arriba. Este fatídico hecho condicionará su relación con el resto de la sociedad. Hasta aquí, Cuéllar -personaje que se había incorporado al centro educativo recientemente- había tenido que realizar un notable esfuerzo para adaptarse al grupo, pues sus intereses eran completamente distintos a la vez que su potencial intelectual bastante más grande que el de sus compañeros. Para integrarse en el grupo de amigos había tenido que aprender a jugar al fútbol y aprender su jerga. Todo este esfuerzo se esfumará el día del trágico suceso. A partir de aquí, Mario Vargas Llosa aprovecha para arremeter contra la enseñanza religiosa, una enseñaza que se nos revela en la obra como falsa e hipócrita, valores que a través del centro docente se trasladan a la sociedad (algo que ya aparecía en otra obra del autor: La ciudad y los perros). Cuéllar acaba sumido en la oscuridad del fracaso en una sociedad esencialmente materialista.
Como muy bien asegura Guadalupe Fernández Ariza, se trata de un relato circular. La historia del grupo de jóvenes se repetirá de nuevo con cualquier otro grupo de jóvenes, pues lo que aparenta ser único y singular no es más que un giro más en el ciclo del tiempo.
Podría considerarse a Los cachorros una obra menor en la producción de Mario Vargas Llosa, sin embargo, el autor peruano acierta plenamente en su análisis, no ya de la juventud, sino del proceso de maduración del individuo que se encuentra inmerso en un sistema en el que se valora a las personas por el rasero de la superficialidad.
Miguel Ángel García Guerra para Portal Solidario
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